© Alejandro Méndez

Los mandalas de Belleville

El médico de Patrick Swayze es optimista; y asegura que el actor continuará trabajando normalmente. Así, con esta declaración de principios, la pequeña televisión de la habitación me traía noticias del mundo exterior.

Una típica buhardilla parisina, en un idílico y absolutamente agotador sexto piso (recordar la ausencia de ascensores); era mi alojamiento en la Ciudad Luz.
El nombre: Hôtel du commerce, en la también agotadora: rue de la Montagne Sainte Geneviève, que como su nombre lo indica es una empinada calle, en lo que había sido una colina cuando París aún no se había convertido en este bello puzzle de calles, baguettes recién horneadas y hombres con ramos de flores.

Fue el hotel más barato que encontré en el Barrio Latino; y a pesar de las incomodidades y el extenuante ejercicio diario que me requerían, primero la calle y después sus destartaladas escaleras; la magnífica vista de mi habitación compensaba con creces el esfuerzo.

El mundo es redondo, y aunque parezca cursi, también es como un pañuelo. Prueba de ello es que, pese a haber recorrido miles de kilómetros en un avión, enfrente de mi hotel tenía la que presumo sería una de las pocas parrillas argentinas en París.

Demás está decir, que cada mañana, en vez de toparme con algún guapo francés con un diario bajo el brazo; veía un apocalíptico costillar en la parrilla; recordándome que la Argentina se había fundado –por lo menos literariamente- con una obra como El Matadero de Esteban Echeverría; así que no zafaría del panteón de la carne y sus jugosas consecuencias.

Trataba de huir lo más rápido posible de ese hotel y su encargada bigotuda y malhumorada; como así también de la más argentina de las calles de París. Una vez lejos del área de influencia maléfica, disfrutaba a pleno de una de las quizá más bellas ciudades del mundo.

No hay nada más lindo que caminar a la deriva por París; sin planos, sin museos que visitar ni torres o arcos que subir. Cada calle es una escena de película: la inimitable elegancia “casual” de los parisinos .Parece que nunca hubieran pensado qué ponerse; hasta diría que lucen desaliñados; pero una mirada más exhaustiva pronto nos devela algún detalle glamoroso, escondido en el gesto huraño y arrogante de los transeúntes.

La mañana de Febrero estaba fría, pero un glorioso sol iluminaba cada rincón de la ciudad; y todo el mundo parecía feliz; incluso se me perdonaba mi deficiente pronunciación del francés y mis insistentes preguntas a los extraños cada dos o tres cuadras. Esa mañana estaba locuaz, y lo que es más sorprendente en una lengua extranjera.

Caminando en dirección a la estación de Austerlitz me topé con un edificio imponente: La gran mezquita de París. Toda una manzana de auténtica arquitectura musulmana; muy similar a la mezquita de Córdoba (España).

No lo dudé, y me metí adentro, ingresando en un maravilloso patio lleno de plantas y espléndidos mosaicos y azulejos. El silencio era proverbial, y sólo algunos pajaritos interrumpían la reconcentrada quietud del lugar.

Recorrí todo el edificio con suma curiosidad; pero el hambre y la sed estaban atacando mi sistema nervioso y era imperioso ingerir algo. Como salido de la lámpara de Aladino, apareció un salón de té, ricamente decorado a la manera musulmana.
Ahí tomé el té de menta más rico que probé en mi vida; y uno de los momentos más placenteros. Había sol, el sitio era maravilloso, el té emanaba una fragancia exquisita, tenía todo el tiempo del mundo, y además estaba en París.¡Qué más pedir!

De pronto se escuchó un murmullo que de a poco se fue haciendo más grande. Inmediatamente la Mezquita de fue poblando de elegantes personas vestidas de negro; y para mi sorpresa me topé con Naomi Campbell. ¿Qué sería todo aquello? Le pregunté al camarero. Me dijo que era el funeral de Katoucha Nianen, una ex top model nigeriana y activista contra la ablación genital femenina, que había trabajado con Yves Saint Laurent. Había muerto en circunstancias poco claras, ahogada en el Sena. Parece que había vivido una intensa noche de juerga, y que al volver a su casa (vivía en un lujoso yate amarrado cerca del puente Alejandro III) , cayó accidentalmente al agua.

Ante esta agorera muchedumbre, abandoné raudamente la mezquita, y caminé hacia el Sena, cruzando por el puente de Austerlitz, en dirección a la Opera Bastille.

Ya repuesto del funeral y de la visión desencajada de Naomi Campbell; revolví en mis bolsillos, y junto con la entrada de la noche anterior a Le Queen (mítico boliche gay de París), encontré un pequeño folleto de Belleville: un barrio parisino muy particular.

No estaba demasiado lejos (o por lo menos así quise creer). Tomé el boulevard Richard Lenoir. Después la rue du chemin vert, hasta el cementerio de Père Lachaise. Allí paré para tomarme un cafecito. Sólo cinco minutos, porque parecía que la muerte me acechaba (simbólicamente).

Ni bien pisé el boulevard de Belleville; la sensación general cambió drásticamente. Todo era color, alegría, vida. Estaba en uno de los barrios más cosmopolitas de Paris. Si tuviera que hacer una comparación, sería algo semejante al barrio del Once.

Belleville era una antigua comuna, y recién en 1860 se unió a Paris. Está sobre una pequeña colina, y está habitada básicamente por inmigrantes (argelinos, marroquíes, nigerianos, portugueses, libaneses, griegos, italianos). También es un barrio de artistas, con innumerables ateliers y galerías.

Lo más interesante es la feria que está sobre el boulevard de Beleville. Todo es posible encontrar allí; desde las flores más raras, hasta la ropa para un matrimonio musulmán. La verdura más fresca y colorida que yo haya jamás visto. Cientos de personas, caminando, gritando, comprando y obviamente regateando.

El puesto en el que me detuve más tiempo, fue en el de un dibujante argelino. Además de retratos, y vulgares paisajes parisinos; hacía unos increíbles mandalas, con una fenomenal e hipnótica combinación de colores. Rachid era el nombre del artista, y estuvimos hablando un buen rato.
Ahí aprendí que los mandalas también servían para meditar; la laboriosa concentración que requerían para su confección eran el caldo de cultivo necesario para relajarse y ponerse en una actitud contemplativa.
Rachid me dio una hoja en blanco, varios lápices de colores y algunas rápidas instrucciones. Fue más sencillo de lo que pensé, y en apenas unos minutos me encontraba haciendo el primer mandala de mi vida. Varios círculos concéntricos. Espirales simétricas y colores complementarios. La tarde se me pasó volando, y no me fui de aquél puesto hasta que no terminé ese dibujo. Como muestra de gratitud se lo regalé a Rachid; y ya casi cayendo la noche
tomé la enigmática y maravillosa rue Mouzaïa, y allí nuevamente el tiempo se detuvo, entre casas multicolores, y frondosos jardines.

Sin pensarlo dos veces, me gasté los últimos euros en un taxi, que me dejó en la puerta de mi hotelito. Ya casi eran las once de la noche, y me había resignado a no cenar.
Cuando me estaba disponiendo para el hosco recibimiento de María -la encargada portuguesa del Hôtel du Commerce-; una grata sorpresa me recibió.
María me había preparado un plato enorme y humeante de una exquisita sopa, y me saludó jovialmente, diciéndome que se había imaginado que regresaría con hambre.

Una gran sonrisa se me dibujó en los labios, y mi cabeza comenzó a recordar y hacer suya aquella mítica frase de Blanche Dubois, en Un tranvía llamado deseo: “siempre he dependido de la amabilidad de los extraños”.




Publicada en Bag Magazine.

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